La leyenda de la piedra del burro.
Las
Casas y piedras que en el fondo yacen, descubiertas en tiempos secos, hacen
cosquillas al agua que ríe al rozarlas; mas cuando las lluvias acometen, el
furor de las corrientes abundantes, irrumpen con angustia al borde mínimo de
los cauces. Dos ríos y dos pueblos de epónimas asonancias Pijijiapan, y Huixtla
con el nombre mismo de su pueblo. Ambos
se comarcan, en la silueta de la montaña, por dos montículos de piedra a manera
hitos naturales. La del primer pueblo se conoce con el nombre de “piedra del
Burro”. El otro montículo tiene el nombre del pueblo y del rió.
Apenas, entonces en
Pijijiapan, nacía un modesto caserío con poco concierto, derramado en
serpenteantes callejuelas que no tenían aún solamiento, ni luz ni agua
corriente. Los días pasaban contándose en horas somnolientas, cuando un
acontecimiento estremeció a los pocos habitantes sacándolos de su marco de paz
y de rutinas.
Unos niños del
pueblo habían desaparecido a grupas de un extraño, inteligente y hermoso
borrico.
Sucedió que en los
días en los que no fustigaba el calor por que todavía la selva era virgen y las
lluvias caían sin cesar por días y días, apareció por la s cuatro calles del
pueblo pequeño y enjuto pollino que despreocupado y lento arrancaba el zacatijo
tierno que nacía entre pedruscos y hoyancos. De repente alzaba la cabeza y
emitía graciosos rebuznos ante la indiferencia de la gente. Porque nadie se
preguntó inexplicablemente, de dónde había venido aquella bestezuela ni quien
era su doméstico dueño. Mas para los niños, el borrico sí era notable.
Sonaban sus lomos
con alegría y le miraban curiosamente a los ojos inexpresivos, distrayéndose en
común con ingenuas travesuras que le animal parecía comprender. Le ataban las
patas, le amaraban las enormes orejas juntándolas, y le hacían otras bromillas
que en el fondo eran cariñosas.
Decidió el jumento
aparecer todas las tardes, cuando el día declinaba, de modo que se habían
sistematizado los juegos habituales entre los amigos, pues de buena gana se
dejaba montar, y pacientemente soportaba los infantiles abusos. De tal
familiaridad, el burrito fue parte cotidiana en las escenas del pueblito
de Pijijiapan. Pero un dia de tantos,
cuando parecía fatigado por tantas monturas, teniendo sobre su lomo a dos de
los niños, embravecido de súbito, dio un fuerte y prolongado rebuzno, con el
rabo erguido, y emprendió una velocísima carrera sin dar tumbos. Los jinetes no
se arrojaron al suelo por temor a
golpearse y dóciles aunque alarmados, se dejaron llevar con la idea de
que la alocada carrera cesaría de pronto. Mas no fue así. Metíendose entre la
maleza y los árboles, partió hasta perderse de vista con los asustados
infantes.
Pasaron horas.
Cundió la alarma que, los de más niños, perplejos, esparcieron cada vez más
alarmados. Los habitantes del pueblo, dispersos, se dispusieron a la búsqueda
intrigados pero esperanzados. Mas la búsqueda no obstante lo intensa, resultó infructuosa. No se hallaban huellas
del rozno ni señales de su paso y existencia ni menos de alguno de los dos
niños que hubieran sido arrojados de la montura. Fue hasta entonces que
inquirieron sin respuesta alguna, la procedencia del asno, sorprendidos por su
propia indiferencia. Llegó la noche y los buscadores fueron agotándose, al
volver por jornadas a su desilusionado
cotejo. Nadie sabía nada. Nadie había visto algo que indicara una presunción
siquiera.
Cuentan que al siguiente día, cuando despuntaba el sol, un
fuerte rebuzno despertó a los moradores. Como impelidos por un resorte saltaron
de sus lechos aprestándose a descubrir de donde procedía la estridente voz del
rucio que estremeció a la comarca. Alguien llamó con grades voces a los demás.
Habitantes visto, como lo confirmaron todos, que en la gran roca enclavada en
la falda de al montaña, la figura del burro solitario se enseñoreaba erguido y
orgulloso.
Inmediatamente se
organizo una expedición en busca de los niños perdidos. No pocos fueron los que
voluntaria mente se sumaron solidarios a la empresa, llevando muchos de ellos
armas para castigar al audaz asnillo. En una agotadora jornada, llegaron los
primeros a la grande roca. El burro había desaparecido y de los niños no había
vestigio alguno. Después de una minuciosa exploración, descubrieron que aquel
montículo informe a la distancia, eran dos rocas encimadas; la mayor soportaba
la carga y además una bocaza hacia el fondo oscuro de una caverna insondable a
la vista. Llegados todos, seleccionaron de los excursionistas a os más
experimentados o decididos. Prendieron en la cueva profunda y misteriosa. Solo
hallaron murciélagos que despertados, aletearon ruidosos y espantables.
Los buscadores
retornaron al pueblo desilusionados y presas de terror. Los comentarios fueron
espeluznantes, mostrando huellas de la aventura en rasguños, golpes y
mordeduras de los horribles quirópteros. Los de más niños fueron encerrados.
Las pobres autoridades fueron
impotentes para dar solución a los temores y prolongar las búsquedas inútiles.
Agotada toda gestión y en la oscuridad de todo lógico supuesto, quedo aquel
misterio en la seguridad de un acontecimiento sobrenatural. Sobre todo, porque
todas las noches y por mucho tiempo, la figura del borrico aparecía en noches d
luna, recortada en singular silueta solitaria, sobre el pedestal de la enorme
piedra. Su rebuzno resonaba en un eco
tremebundo, despertando a los infelices habitantes de Pijijiapan, hasta que, apagándose lentamente, dejaban susurrar al
río en la quietud de l a noche.
Nunca más fueron
abandonados, los niños del pueblo. Los padres envejecían llorando ante la
imagen de los recuerdos y las cosas dejadas por los desaparecidos. Una profunda
melancolía y temor acompaño a toda una generación.
Aquel burro
personifico al demonio, según supusieron aquellos primeros moradores. La
fenomenal “PIEDRA DEL BURRO”, llevó
este nombre hasta nuestros días, con su triste, sobrecogedora leyenda. Es fácil
distinguir la piedra desde la carretera, cuando se cruza el puente. Y hay quien
cree que el río, con lascas y piedras de su fondo, ríe y llora porque recogió
las risas y el llanto de los perdidos.